En este artículo, Enrique Lara Oria, partner de Atlas Value Management, reflexiona sobre cómo la inteligencia artificial está transformando la formación de los nuevos consultores y por qué desarrollar criterio y autonomía intelectual será más importante que nunca.
Llevamos ya bastante tiempo hablando de cómo la inteligencia artificial va a transformar las empresas. Desde las empresas de consultoría solemos recomendar casos de uso, nuevos modelos de trabajo, automatización de procesos, mejoras de productividad y eficiencia, e incluso nuevas formas de acceder al conocimiento y utilizarlo.
Pero creo que hay una pregunta que deberíamos empezar a hacernos también hacia dentro; ¿cómo vamos a formar a los consultores del futuro?
Los que llevamos algunos años trabajando en consultoría hemos aprendido haciendo muchas cosas que ahora una herramienta de inteligencia artificial puede resolver en segundos; buscar información durante horas, revisar documentos, comparar alternativas, preparar análisis, hacer y rehacer una presentación hasta conseguir sintetizar una idea compleja en una slide o contrastar una cifra porque algo, simplemente, no terminaba de cuadrar.
Desde fuera podían parecer tareas de poco valor, pero quienes hemos pasado por ese proceso sabemos que no lo eran. En buena medida, era precisamente ahí donde empezábamos a aprender. Buscando información entendíamos que no todas las fuentes tenían el mismo valor, analizando datos aprendíamos a detectar incoherencias, preparando una presentación descubríamos cómo separar lo importante de lo accesorio. Cuando un manager desmontaba en cinco minutos un análisis en el que habíamos trabajado toda una tarde, probablemente aprendíamos bastante más de lo que nos habría gustado reconocer en aquel momento.
Era una forma de aprendizaje imperfecta, a veces poco eficiente y seguramente mejorable, pero funcionaba.
Ahora muchas de esas tareas pueden hacerse muchísimo más rápido y eso es, sin duda, una magnífica noticia. La dificultad está en asegurarnos de que, al eliminar una parte del esfuerzo necesario para realizarlas, no eliminemos también el aprendizaje que se producía durante ese esfuerzo. Y encontrar ese equilibrio no es sencillo.
Para mí, esta es una de las grandes cuestiones que tenemos por delante como sector; si la inteligencia artificial elimina parte del trabajo mediante el que tradicionalmente aprendíamos consultoría, tendremos que encontrar nuevas maneras de construir el criterio de los profesionales que vienen detrás.
Un consultor que comience hoy su trayectoria profesional dispone de capacidades que nosotros sencillamente no tuvimos. Puede acceder a una cantidad enorme de información, generar hipótesis, estructurar documentos, analizar datos o plantear alternativas en una fracción del tiempo que necesitábamos hace unos años. Sería absurdo no aprovechar todo ese potencial, pero existe también un riesgo evidente: podemos acabar confundiendo tener una buena respuesta con saber llegar a una buena respuesta. Y, por todo lo que estamos viendo últimamente en las diferentes noticias que salpican los medios de comunicación, no son lo mismo.
El valor de un consultor nunca debería residir únicamente en producir una respuesta. Está en entender correctamente el problema, formular las preguntas adecuadas, identificar qué información necesita, comprobar si esa información es fiable, contrastar alternativas y ser capaz de defender por qué recomienda una solución y no otra. La inteligencia artificial puede ayudarnos extraordinariamente en todo ese proceso, pero no debería sustituirlo.
Por eso creo que tendremos que replantearnos cómo formamos a los nuevos profesionales. Quizás tenga menos sentido dedicar tanto tiempo a enseñarles dónde encontrar una información y más a ayudarles a entender cuál merece realmente la pena utilizar. Lo mismo ocurre con los entregables, más que enseñar únicamente a producirlos, tendremos que dedicar más tiempo a explicar por qué una conclusión es válida, qué factores la sustentan y qué dudas deberíamos plantearnos antes de darla por buena. Y, para mí, ahí está una de las claves; menos preocupación por encontrar respuestas rápidamente y más empeño en cuestionarlas entendiendo de verdad si son las correctas.
Esto también nos obliga a cambiar a los que llevamos más tiempo
Sería cómodo pensar que este es únicamente un problema de las nuevas generaciones, pero no lo es. Los profesionales con más experiencia también tendremos que modificar nuestra forma de trabajar y, especialmente, nuestra manera de formar.
Durante mucho tiempo hemos transmitido conocimiento en consultoría de una forma bastante artesanal. Un junior preparaba un análisis, un manager lo revisaba, corregíamos lo necesario, explicábamos algunas cosas y seguíamos adelante. Ese modelo ha funcionado durante años, pero probablemente ahora tendremos que ir un paso más allá y hacer mucho más explícito nuestro razonamiento.
No basta con rechazar una fuente; debemos enseñar qué hace que otra sea más fiable. Tampoco basta con aceptar que una respuesta generada por IA parece correcta; hay que enseñar a identificar qué supuestos contiene, qué información puede estar faltando, qué deberíamos contrastar y hasta qué punto podemos confiar en ella.
Quizás una parte de nuestro trabajo como profesionales con algo de experiencia vaya a consistir precisamente en explicar mucho mejor por qué pensamos como pensamos y por qué tomamos unas decisiones y no otras. Y, aunque esto supone un reto importante, también puede convertirse en una oportunidad para mejorar la manera en la que siempre hemos formado a nuestros equipos.
Una responsabilidad de las empresas de consultoría
Siempre he pensado que las consultoras tenemos una responsabilidad especial en la formación de profesionales. Por nuestras firmas pasan muchas personas que después ocuparán posiciones de responsabilidad en otras compañías, crearán empresas, dirigirán equipos o participarán en decisiones relevantes para sus organizaciones.
Por eso nuestra responsabilidad no debería limitarse a enseñarles a utilizar las herramientas más productivas en cada momento. Tenemos que ayudarles a desarrollar criterio, a convivir con una tecnología extraordinariamente potente sin convertirse en dependientes de ella y a utilizarla de forma intensiva cuando tenga sentido, pero también a saber prescindir de ella cuando no aporte valor. Y sobre todo, creo que debemos ayudarles a conservar algo que considero fundamental que es la autonomía intelectual.
Un consultor debería ser capaz de explicar de dónde procede la información que utiliza, qué hipótesis está asumiendo, qué alternativas ha descartado y por qué considera que una determinada conclusión es válida, aunque la inteligencia artificial le haya ayudado a llegar hasta allí. De hecho, especialmente si le ha ayudado.
No creo que nadie tenga hoy completamente resuelto cómo debe ser este nuevo modelo de aprendizaje. La tecnología está evolucionando demasiado rápido como para pensar que ya existe una respuesta definitiva, pero esa incertidumbre no nos exime de buscarla.
Tenemos que experimentar, equivocarnos, aprender y compartir lo que funciona. También debemos escuchar a las generaciones que están incorporando estas herramientas de una forma mucho más natural que nosotros, entender qué podemos aprender de ellas y adaptar continuamente nuestra forma de trabajar y de enseñar.
Porque quizá el mayor desafío que la inteligencia artificial plantea hoy a las empresas de consultoría no sea tecnológico, sino mucho más profundo; cómo conseguir que la próxima generación de consultores tenga acceso a herramientas muchísimo más potentes que las que tuvimos nosotros y, al mismo tiempo, desarrolle todavía más criterio para utilizarlas bien.

