Cómo el shock energético y la fragmentación geopolítica están reconfigurando inflación, crédito y decisiones empresariales
En apenas unas semanas, la geopolítica ha vuelto a demostrar su capacidad para alterar el equilibrio económico global. El enfrentamiento directo entre Estados Unidos, Israel e Irán ha generado una doble presión sin precedentes sobre el suministro energético mundial: por un lado, las restricciones al tránsito por el Estrecho de Ormuz —arteria por la que circula cerca del 20 % del petróleo mundial y el mayor chokepoint energético del planeta, según la U.S. Energy Information Administration—; por otro, el ataque este miércoles 18 de marzo contra South Pars, el mayor yacimiento de gas del mundo, compartido entre Irán y Catar, que abastece aproximadamente el 70 % del consumo doméstico iraní.
A la amenaza sobre las rutas de transporte se suma ahora la afectación directa de la capacidad de producción, elevando significativamente el riesgo de disrupciones prolongadas en el suministro. La respuesta de los mercados ha sido inmediata: el Brent supera los 109 dólares por barril, mientras que el gas TTF europeo registra subidas cercanas al 8 %.
Teherán ha advertido que la guerra ha pasado «de enfrentamientos limitados y localizados hacia una guerra económica total», prometiendo represalias y afirmando que la seguridad energética en la región «ha llegado a cero». La Guardia Revolucionaria iraní ha emitido una alerta para la evacuación de instalaciones petrolíferas en Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Catar ante un ataque «en las próximas horas».
El impacto no se limita a las instalaciones iraníes. Las operaciones en el yacimiento de gas de Shah, en Emiratos Árabes Unidos, siguen suspendidas tras un ataque con drones, mientras que la carga de crudo de ADNOC permanece paralizada en el puerto de Fuyairah, el único canal de exportación que le quedaba al productor. La infraestructura energética del Golfo, en su conjunto, está siendo atacada de forma sistemática.
No se trata de una tensión diplomática más. Es un conflicto con efectos económicos inmediatos y con el potencial de generar disrupciones estructurales en el suministro global de energía. Los mercados no reaccionan solo a los acontecimientos actuales, sino también al riesgo de que el shock energético se prolongue en el tiempo.
La experiencia reciente demuestra que estos episodios no son neutros. Tras la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022, el precio del gas en Europa se disparó y la inflación de la zona euro alcanzó el 10,6 % en octubre de ese mismo año, según datos de Eurostat.
Aquella crisis energética obligó al Banco Central Europeo a iniciar el ciclo de endurecimiento monetario más rápido desde la creación del euro, elevando el tipo de depósito desde el -0,5 % en julio de 2022 hasta el 4 % en septiembre de 2023.
Diversos análisis del BCE han señalado que la creciente fragmentación geopolítica está generando shocks de oferta más frecuentes, con potencial para aumentar tanto la inflación como la volatilidad macroeconómica.
En términos similares, el Fondo Monetario Internacional advirtió en su World Economic Outlook de octubre de 2023 que una fragmentación severa del comercio mundial podría tener efectos significativos y duraderos sobre el crecimiento global. Algunas estimaciones del propio organismo sugieren que una fragmentación económica profunda podría reducir el PIB mundial entre un 2 % y un 7 % a largo plazo.
Hoy ese riesgo se materializa con una dimensión inédita: el ataque no solo afecta a rutas de transporte, sino al corazón de la producción energética regional. Si el precio del crudo y del gas se mantienen en niveles elevados durante semanas o meses, el impacto se transmite en cadena: mayores costes de producción, incremento de precios finales, pérdida de poder adquisitivo y caída del consumo. El Bank for International Settlements ya subrayó en su Annual Economic Report de 2023 que los shocks energéticos combinan presión inflacionaria con deterioro del crecimiento, lo que complica la respuesta de política económica.
El efecto financiero: crédito, solvencia y volatilidad
El Banco Central Europeo no ha sido ajeno a esta evolución. En los últimos años ha intensificado el análisis del riesgo geopolítico dentro de su marco de estabilidad financiera y supervisión prudencial.
De hecho, ha solicitado a las principales entidades significativas la realización de ejercicios específicos de reverse stress testing orientados a identificar qué escenarios geopolíticos extremos podrían poner en riesgo su viabilidad.
Este enfoque es revelador: no se trata solo de estimar pérdidas bajo un escenario adverso, sino de analizar qué combinación de shocks —energéticos, macroeconómicos o financieros— podría tensionar de forma crítica los balances.
El impacto sobre el sistema financiero se produce a través de varios canales simultáneos. Por un lado, aumenta el riesgo de crédito: empresas con mayores costes energéticos y menores márgenes tienen más dificultades para atender sus obligaciones.
Al mismo tiempo, la volatilidad de los mercados afecta al valor de las carteras de inversión de bancos y aseguradoras, en un contexto de incertidumbre sobre crecimiento, inflación y tipos de interés.
Si el shock se prolonga, ambos efectos pueden reforzarse y traducirse en una mayor cautela en la concesión de crédito, justo cuando la economía más lo necesita.
Aunque el sistema financiero actúe como primer termómetro —al reflejar con rapidez las expectativas de los inversores—, el impacto real termina extendiéndose al conjunto de la economía.
Industria y transporte. Sectores intensivos en energía, como la industria química, siderúrgica o cementera, ven deteriorarse rápidamente sus márgenes cuando el petróleo y el gas se encarecen. El transporte aéreo y marítimo experimenta un aumento inmediato de sus costes operativos.
Agroalimentario. El encarecimiento del combustible y de los fertilizantes repercute en toda la cadena alimentaria. Durante la crisis energética de 2022, los precios de los alimentos en la eurozona registraron incrementos interanuales superiores al 15 %, según Eurostat.
Construcción e infraestructuras. El aumento de los costes de materiales y energía encarece los proyectos, reduce su rentabilidad y retrasa decisiones de inversión.
Consumo y comercio. La pérdida de poder adquisitivo reduce la demanda de bienes duraderos y afecta especialmente al comercio minorista.
Tecnología y cadenas globales.Incluso el mundo de la tecnología es vulnerable, ya que la industria mundial de semiconductores se enfrenta a interrupciones en la cadena de suministro y se teme un aumento del coste de la energía en Taiwán, centro clave de fabricación. La OCDE ya advirtió en su Economic Outlook de noviembre de 2024 que la reconfiguración de las cadenas de suministro por motivos geopolíticos está elevando costes estructurales y reduciendo la eficiencia global.
El shock energético, por tanto, no se limita a los mercados financieros: se filtra progresivamente en la actividad productiva, el empleo y el consumo.
¿Un nuevo ciclo inflacionario?
La cuestión de fondo es si estaremos ante un repunte puntual o ante el inicio de una nueva fase de presión inflacionaria. El ataque a South Pars añade un elemento que no estaba presente en crisis anteriores: la destrucción directa de capacidad de producción, no solo la interrupción de rutas de transporte. Eso convierte el shock en potencialmente más duradero y más difícil de revertir.
Si el conflicto se prolonga y el suministro energético permanece restringido, los bancos centrales podrían enfrentarse nuevamente a un dilema complejo: endurecer la política monetaria para contener la inflación o evitar una desaceleración económica más profunda.
El Fondo Monetario Internacional ya advertía en abril de 2024 que la persistencia de la incertidumbre geopolítica constituye uno de los principales riesgos para la estabilidad macroeconómica global.
La geopolítica como riesgo estructural
Lo ocurrido confirma una realidad cada vez más evidente: el riesgo geopolítico ha dejado de ser una variable excepcional para convertirse en un factor estructural que condiciona decisiones empresariales, políticas públicas y estabilidad financiera.
Para empresas, inversores y responsables de política económica, el desafío ya no es si estos shocks volverán a producirse, sino con qué frecuencia y con qué intensidad. El ministro iraní de Exteriores ya ha advertido que las repercusiones de la guerra se sentirán de forma global: «La ola de repercusiones apenas comienza y golpeará a todos, sin distinción de riqueza, fe o raza.»
En una economía global interconectada y dependiente de rutas críticas e infraestructuras energéticas compartidas como South Pars —que abastece simultáneamente a Irán y a Catar, uno de los principales exportadores de gas licuado del mundo—, la geopolítica ya no es un fenómeno lejano ni teórico. Cuando el conflicto escala y alcanza el corazón de la producción energética regional, sus efectos se transmiten con rapidez. Y esas consecuencias, inevitablemente, terminan afectando a empresas, familias y al conjunto de la economía.
La crisis como catalizador: resiliencia y oportunidad
Las grandes disrupciones no solo destruyen valor; también lo transforman.
La crisis del petróleo de 1973 impulsó las primeras políticas de eficiencia energética en Occidente. Décadas después, la pandemia de COVID-19 evidenció la fragilidad de las cadenas de suministro globales y aceleró tendencias como el nearshoring, la digitalización y la gestión estratégica del riesgo operativo. Más recientemente, el shock energético de 2022 impulsó la inversión europea en energías renovables y la diversificación de suministros.
Las empresas que salieron reforzadas de estos episodios no fueron necesariamente las más grandes, sino las más resilientes: aquellas con mayor diversificación, eficiencia, solidez financiera y capacidad de adaptación.
Lo que hoy parece una amenaza para los márgenes puede convertirse en el catalizador de decisiones que llevaban tiempo posponiéndose: reducir la dependencia energética, relocalizar partes críticas de la cadena de valor, invertir en eficiencia o reforzar coberturas frente a la volatilidad de materias primas.
Las empresas que interpreten este momento no solo como un riesgo, sino como una señal estratégica, estarán mejor posicionadas cuando la incertidumbre se reduzca.
Porque la cuestión no es si la tormenta pasará.
Eso siempre ocurre.
La diferencia está en cómo encontrará a cada empresa cuando lo haga.
LA VOZ EXPERTA
Autor: Juan Jiménez

